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Ejercicios...

Tomás giraba la pajita, empujando su anécdota entre los hielos. En un ejercicio de paciencia consiguió esperar a que Alex terminase de responder a sus preguntas de rigor sobre la mujer, los niños, el trabajo, el olmo enfermo del jardín; aún así no pudo evitar sentir como un redoble en su cabeza mientras tomaba aire para decir la frase que venía preparando desde la noche anterior. Y es que Alex era un ferviente admirador de Paul Auster. Peor aún, era un auténtico pesado. Siempre tenía que salirle con leyendas urbanas cargadas de supuesta ironía, del tipo del buceador atrapado en el depósito del hidroavión, o la de los dos hermanos dados en adopción que no se dieron cuenta de sus identidades hasta el día de su boda.
- Si te cuento lo que me sucedió anoche no me vas a creer.
La frase tenía más ingenio del que parecía. Procuraba esconder en su cotidianeidad el ansia que tenía de darle con su relato en la cabeza, pero a la vez dejaba ver discretamente que estaba deseando hacerlo.
- Bueno, esto es nuevo. Cuenta.
Tomás se había imaginado a sí mismo como un profesional del misterio, dejando ahora unos segundos de suspense, bebiendo de su vaso, con calma, sometiendo por una vez la curiosidad de Alex. Sin embargo, apenás atinó a agarrarse a la mesa en una euforia contenida, para susurrar los hechos de la noche anterior acercándose a su amigo, como un niño que comparte una historia de terror.
- Vale, tú sabes quien es Mai, ¿verdad?
- Mai, ... ¿no? Esa que va por ahí con kimonos y plumas indias y que.., ¿no es la que se había tirado al camarero del Fontana? Ay no, ya sé quien dices, la de Tucho, es que como también le va el rollito exótico...
- Sí, esa justo.
Tomás se confió y sonrió pletórico.
- Ala, te has tirado a la mujer de Tucho, ya te vale.
¿Cómo había conseguido reventarle su historia tan pronto?
- No, o sea, sí, pero... a ver, ¿me dejas que te lo cuente?
- Buah, sí, cuenta.
- No es que me la haya tirado. Vamos, por supuesto que me la he tirado, pero es que eso no viene a cuento. El caso es que anoche vino a mi casa.
- ¿Tucho?
- No, Mai. Viene casi todos los martes.
- Joe, ya te vale.
Tomás miró a Sergio.
- ¿Me dejas?
- Sí, sigue, sigue.
- Pues eso, que salimos primero por ahí a cenar, y luego subió a mi casa, y la cosa estaba ya medio enfilada cuando suena el teléfono.
- ¡Qué fuerte, era Tucho! ¿A qué sí? Buah, os ha pillado, ¡qué fuerte!
Tomás comenzaba a ponerse negro.
- Sí - masticó la afirmación, tragándose el improperio que la acompañaba - era Tucho.
- Jo, jo.
- Pero no nos ha pillado, que eres un listo.
Tomás miró al suelo, había desvelado el final de la historia antes de tiempo. Sergio se reía, inconsciente de la marejada que se forjaba en la copa de su amigo.
- Era Tucho, y me llamaba para decirme que sospechaba que Mai le engañaba. Vamos, que no lo sospechaba, que tenía la absoluta certeza. Y Mai a mi lado, en plan Betty Boop enseñándome los ligueros nuevos. Jamás he sudado tanto en mi vida. Nada, que le trato de calmar, le digo que no sea paranoico, pero el tío en sus trece; que si que me engaña fijo, que si ahora está con él.
- ¿Y no sabía que eras tú? A lo mejor era un truco, o algo.
- No, que va. Me dice que no puede vivir sin ella y que si le está engañando de verdad, que la mata a ella y luego se mata él, y al amante, y, bueno, supongo que no por ese orden. Entonces traté de quitarle hierro, y le dije que si era así que tampoco era tan grave, que tías como esa hay a patadas, y que si le está engañando, mejor ahora que no más tarde, que así ya sabe la clase de tipa que es. Y Mai a mi lado oyéndolo todo y mirándome como si me fuese a sacar los ojos.
- Jaja, qué peligro.
- Sí, pero es que flipa, porque nada, le tranquilicé, le dije que hoy iría a verle y colgué para explicarle a ella la situación. Le dije que le había dicho aquello para hacer como que me ponía de su lado, y blabla, porque si no la tía me corta los huevos allí mismo. Y cuando ya la tengo medio dispuesta de nuevo, vuelve a sonar el teléfono.
- Bua, el Tucho otra vez, fijo.
- Joe, sí, pero te juro que si adivinas lo que me dijo te doy diez euros.
- Jajaja, ¡yo que sé! Que iba a ir a tirarse a la otra, la del camarero del Fontana, para desquitarse, o algo así.
Tomás hinchó el pecho de orgullo, había comenzado algo tambaleante, pero ahora el final caería por su propio peso. Ya nada podía evitarlo.
- Pues me dijo que no me preocupase, que había sido un tonto. Que Mai acababa de llegar a casa con su hermana, y que él se había tomado antes algo de beber esperándola, le había sentado mal y se le había ido la cabeza.
- Ala, ¿y Mai a tu lado?
- No sólo eso, es que Mai no tiene hermanas.
- ¡No! Joe, ¡Y entonces?
- Ni idea, a saber que pasa por la mente de este tío.
- Descarao, a mi me da miedo. Yo creo que sabe que fuiste tú.
- Boh, que va.
- Tú sabrás. Por cierto, ¿te he contado la historia del tío que tiene una vecina con una prima en la India que está casada con el primo sueco de la esposa de ese mismo tío?

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