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Segundo Capítulo. Segundo borrador. Corrigiendo el primero gracias a la valiosa ayuda de costuras. Espero que os guste, ya que es la primera vez que hago un Crossover estilístico tan a las claras, una incursión en otro género tan directamente. Sed comprensivos, puesto que soy primerizo en estas lides.



El Desafío – Capítulo 2.

- En fin, me temo que vas a tener que neutralizarme. No me apetece verme envuelta en los asuntos de Mivrein hasta que no se me pida perdón- dijo Haruna mientras desenvainaba su espada de Adamantio.
-Sí, bueno, no esperaba menos -contestó Eridanix. Sus ojos grisáceos brillaron un momento al contemplar el arma.
-¿Sabes qué es esto, no?- dijo ella, retadora.
Él sonrió
- No, soy tonto y me caí ayer del árbol.
- Sí, eso parece… me das pena. Ni siquiera llevas armadura de combate. ¿De dónde has sacado esas ropas tan extrañas y… bastas? Sin duda perteneces a algún planeta arcaico.
-Sí, más concretamente del Planeta De Los Simios.
-¿De los qué…?
-Nada, déjalo, no lo entenderías. Bueno, estoy harto de encontrarme con gente que por tener un Sable Leal en las manos se cree que tiene el mundo a sus pies. Sé perfectamente que el Adamantio puede cortar cualquier aleación conocida como si fuese papel de seda. Y que además atrae los rayos de las armas de energía, con lo cual hace las veces de escudo para las gentes de Mivrein y otros pueblos que se dicen guerreros.
Ella se puso roja de rabia.
- ¿Qué se creen guerreros? Y eso lo dice alguien que acude desprotegido al combate. Vamos… es que me va a encantar convertirte en despojos.
-Bueno, eres la Heredera al Trono de Mivrein, se supone que serás la comandante en jefe de ese pueblo de guerreros – dijo Eridanix, provocándola con su tono sarcástico.
-¡Somos guerreros! No pongas ese énfasis estúpido en la palabra.
-Pues baja el arma que estás mas guapa.
Ella se quedó un momento confusa. Tanto atrevimiento era inusual.
- Vamos a ver si lo entiendo. ¿Tú, que ni siquiera vas con armadura, me dices que baje el Arma? Valiente idiotez… no eres oponente para mí.
Eridanix la miró de arriba abajo.
-¿Acaso crees que tu padre contrataría a alguien que no estuviese capacitado para una misión tan vital?
Haruna meditó unos instantes.
-No lo creo.
-Pues depón las armas, o lo siguiente que sientas será el lomo de tu arma azotándote el trasero. No me gustan las espaditas.
-Bueno, ya está bien. Di tus últimas palabras, zoquete -dijo Haruna mientras lanzaba un corte sesgado en diagonal directo a partir en dos a Eridanix. Y ese sería el resultado, si no fuese porque, cuando la espada llegó a donde debería haber estado el futuro cadáver bipartito, sólo halló aire. Y si Eridanix no hubiese aprovechado el instante para reaparecer como un relámpago justo a sus espaldas y propinarle una patada en el trasero que, sumada al impulso del salerazo, hiciese caer a Haruna contra el suelo, tras un par de pasos descontrolados.
-¡Joder!-espetó ella, con la voz algo alterada por el golpe contra el suelo negro del templo. Lo siguiente que sintió fue como le asestaban un golpe en la muñeca que se la dejó, si no rota, al menos insensible, y como la espada le era arrebatada con suavidad. Al instante intentó levantarse de un salto como le habían enseñado a hacer durante su larga formación como militar de Mivrein, pero le fue imposible, ya que su cuello estaba preso por el calzado de monta de su oponente.
-Bueno-dijo Eridanix-la espada me la quedo. Con este sello real la podré vender por una fortuna en el mercado negro de este planeta tan feo.
-Cerdo, ¿¡crees que me has ganado!? Nadie somete a una princesa de Mivrein.
-Pues no lo sé, yo diría que esa afirmación no es del todo fiel a la verdad.
-En cuanto dejes que me levante, te mataré.
-Te he de llevar viva, pero no forzosamente en posición vertical. ¿Sabes? Tu traje de combate… es feo además de inútil.
Acto seguido lo cortó de arriba a abajo con la espada, y apartó las dos mitades. Ante él se mostraba una auténtica belleza real: su piel de tonalidad ni demasiado blanca ni demasiado tostada; su ropa interior rozaba el concepto de la inexistencia y su trasero, magullado por la patada, que no pudo dejar de llamarle la atención. Con cuidado se agachó y colocó el canto de la espada bajo el cuello de la princesa.
-Ahora estate quietecita, que voy a cobrarme una parte de mi recompensa.
-¡No te atrevas a tocarme!
Ël la miró con una pequeña chispa en la mirada.
-No tengo que tocarte. Una princesa de Mivrein debe llegar inmaculada al matrimonio.
-¿Entonces qué demonios haces?
Eridanix extrajo una pequeña cajita de uno de sus numerosos bolsillos, y dandole a uno de los lados un ligero golpe, esta cayó al suelo y en una explosión de luz desapareció, esfumada, anulada, llevada al terreno de lo inexistente; en su lugar había quedado, de una perfecta factura, un traje cortado por los mas finos sastres del planeta natal de Haruna.
-Vístete, nos vamos.
Fuera, había dejado de llover.



No os corteis en criticarme, por supuesto. Si es para bien, me parece lo idóneo.

[Versión corregida del capítulo; hay cambios mayúsculos. Espero que os parezca mejor]
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