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...::: Primer borrador [Work in progress] :::...

Aqui inicio lo que es la primera parte de una pequeña obra corta, como aquellas antiguas series del formato pulp. Es un primer borrador.



En el Templo Negro – Capítulo 1.

Eridanix se encontraba en un templo. Éste estaba en ruinas, pues era un templo olvidado, e incluso la raza que podía recordar su nombre hacia eones que había desaparecido. Las eras habían rodado sobre aquel territorio sagrado, dejando tan solo un sentimiento de desamparo y soledad que podían notarse trascendiendo en el ambiente, como un peso inerte y oleoso. Estaba construido en piedra negra, de una aleación desconocida, puesto que ni siquiera el paso de las centurias había podido desgastar la austera imaginería que se podía admirar aquí y allá. Eridanix miró a su alrededor, se encontraba en el centro de una estrella de cinco puntas cuyos brazos se extendían como largas salas arcadas, que se perdían de vista. Las dimensiones gigánticas de todo aquello le habrían impresionado si no fuese porque procedía de un sitio donde todo era mucho más grande, aunque diferente.
Y además estaban las razones que le habían llevado allí.
Un contrato es un contrato, y Eridanix siempre cumplía sus contratos.
El silencio era total.
Notó como empezaban a caer gotas por las aberturas de los gigantescos tejados. Pronto estuvo lloviendo densamente, y esperó.

Haruna terminó de vestirse; es curioso que se ganase la vida como bailarina, pero era lo que le gustaba, aunque tuviese otras virtudes, ocultas y letales. Ganiff le pagaba bien por su trabajo, y no le pedía nada más. En eso era uno de los pocos empresarios del espectáculo decentes de la ciudad. Era un tipo listo, y no necesitaba ser un proxeneta para prosperar. Se miró en el espejo. Sobre la ropa roja y negra de combate que se había puesto brillaba su olivácea y atractiva cara euroasiática de mirada impasible. Decidió atarse el cabello en un moño, que atravesó con dos agujas, y se puso un pequeño casco de plato. Ya estaba lista. Era hora de entrenar. La calle a esas horas se mostraba tranquila, solo algún contrabandista o algún traficante se movían a esas horas por la zona: el espectáculo había acabado hacia hora y media y los asistentes ya estarían cenando en sus restaurantes de lujo del nivel décimo. Nadie la molestó. Su traje evidenciaba que no era una medida tendente a la salud el perturbar la ruta de la esbelta figura de andares determinados y a la par felinos, como una fiera al acecho. La espada de bruñida empuñadura que portaba al lado derecho acababa de convencer a los más atrevidos. Se adivinaba un arma de Adamantio, y eso era algo que todo aquél que amase la integridad de su cuello aprendía a respetar de manera temprana.
Empezó a llover, de modo que apretó el paso hasta llegar a su aerodeslizador, que se abrió saludándola. Una vez dentro los sistemas se encendieron mientras las gotas recubrían la cúpula acristalada de la carlinga. Las luces de los mandos mostraban que la temperatura había disminuido ligeramente. Una voz entre átona y divertida –nunca entendería la idiosincrasia de la inteligencia artificial de su vehículo – le comunicó que había llamado su padre, al volver del Sistema Binario de Ohrna, y que fuese a verlo, pues le traía regalos. Le ordenó que callase y que la llevase al Templo Negro.
-No se llama Templo Negro, mi señora- dijo la IA, respondona.
-Bueno, pero yo le llamo así. Llévame a él.
-Es que no tiene nombre.
-Pues ahora si lo tiene, se llama ‘Templo Negro’, ¿Te enteras?
-Como usted desee. Lo anotaré.
-Te lo he dicho mil veces, idiota.
-Lo anotaré las veces que sea necesario, mi señora-dijo la IA mientras el deslizador encendía sus reactores y empezaba a acelerar moviéndose de forma segura entre el tráfico no demasiado denso de la medianoche.
-Su padre insiste en que le pase la comunicación. Dice que es muy importante.
-Te he dicho que NO. No quiero hablar con él. ¿Sabes porque estoy en este apestoso planeta no? Por su estúpida intransigencia.
-Sí, mi señora, esto también me lo ha dicho mil veces, exactamente 836, pero creo que debería hablar con él. Noto en su voz un tono humano alterado.
-¿Qué sabes tu de humanos, vehiculo?
-Fui diseñado por la más refinada ingeniería cibernética para atender a los humanos, por eso puedo decir con orgullo que sé bastante sobre humanos, posiblemente más que usted.
Ella rió.
-Pedazo de chatarra con reactores, eso es imposible. No digas bobadas, anda, o haré que te desmonten en cuanto volvamos a la ciudad.
-Fui construido en La Cultura, creí que era evidente.
La risa de ella se ahogó instantáneamente. Las IA’s de La Cultura no eran meros autómatas que actuasen muy bien para simular inteligencia y empatía, sino que realmente las poseían.
-Y entonces…. ¿Supongo que también eres… ciudadano de La Cultura, no?
-Así es, mi señora, soy ciudadano de pleno derecho y me ampara la Directiva sobre Protección y Cuidado de las Formas de Vida Artificiales, además de todas las demás otras leyes que amparan a todo ciudadano de pleno derecho, lo cual es mi caso.
Haruna sintió rabia. Si le provocaba el más mínimo daño intencionado a una IA de esa civilización llamada La Cultura tendría que enfrentarse a la persecución, realmente tenaz en implacable con la que La Cultura ejecutaba sus directivas sobre atentados contra cualquier tipo de vida. Y encima el Rey de Mivrein, su padre, no paraba de atosigarla llamándola, y alterado. Encima eso. Olvidémoslo todo, se dijo, y vayamos a entrenar. Así podré descansar de todo esto. El templo ya empezaba a recortarse en la distancia. Ahora entendía que su vehiculo fuese el más rápido y eficaz de todo el planeta. Pero saber la razón la había irritado.
Llegaron a una de las grandes puertas de entrada del templo y el vehiculo se detuvo suavemente y abrió la carlinga sin emitir ni un solo sonido. Ella saltó fuera ágilmente.
-Espérame aquí. Si notas que alguien se acerca comunícamelo. Si mi padre llama, dile que estoy entrenando.
El vehiculo, en otra de sus humoradas, hizo centellear una luz verde en gesto de asentimiento, y se quedó inmóvil y silencioso.
Continuaba lloviendo.

En cuanto entró, supo que había alguien más en el recinto. Al notar peligro, el traje de combate se activó de forma automática. Un pequeño visor bajó del casco y le señalo con flechas direccionales un punto rojo. Rojo significa que va armado. Mierda, hoy no es mi día, se dijo a si misma, y avanzó decididamente. No evitó hacer ruido, puesto que estaba segura de que el extraño también sabía que ella estaba aquí, así que no era el momento para precauciones innecesarias. Tal vez no fuese un enemigo, sino simplemente otro de esos veteranos de permiso, extraviados en algún planeta donde se habían detenido a descansar. Últimamente no era raro encontrarse con soldados por todas partes. La guerra estaba en marcha en el Sector, y nadie parecía tener ganas de detenerla. Excepto La Cultura, claro, pero ese no era su territorio y no estaba involucrada en la guerra, pero ya había advertido de que en caso de que el conflicto sufriese una escalada de victimas intervendría contundentemente. Así que era una guerra de baja intensidad, sin uso de armas nucleares: eso llamaría la atención de esos molestos vecinos, y nadie deseaba ver como ellos detenían una guerra. Dioses, en parte echaba de menos la sencilla rudeza de la vida en Mivrein. Tan verde, y tan lejos de todos estos problemas idiotas…
Cuando estuvo a diez pasos, observó al extraño, que estaba de espaldas a ella. Y era realmente un extraño. Extraño en todos los sentidos. La sensación se hizo más fuerte cuando este giró sobre si mismo y la encaró, sin sonreír, pero sin animosidad. Sin duda era una especie de soldado, por el porte y la manera en que la miraba, pero no llevaba un traje de combate para protegerse ni nada similar. Nunca había visto un soldado parecido, en ninguna parte. Vestía una casaca, unos pantalones de montar, unas botas largas de equitación, llevaba dos pistolas al cinto y un par de granadas. En la cabeza tan solo un ridículo gorrito con una insignia para ella desconocida, todo en gris marengo, excepto la insignia y las botas, que eran negras.
-¿Qué, de turismo?-dijo ella con sorna.
-El lugar no está mal, pero tiene goteras-contestó el extraño en Marain, el idioma común de La Cultura- pero no nos engañemos. He venido por un contrato.
-Ah, un asesino a sueldo. Ya veo. ¿Quién te envía? No tengo deudas con nadie.
-Pues al parecer el Rey de Mivrein no piensa lo mismo. Mi contrato estipula que te lleve por las buenas, lo que sería deseable, o por las malas, que implica neutralizarte. Tú eliges.



Continuará...
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