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EL BAÚL

Comenzó en la esquina, justo allí. Teníamos un pequeño baúl para almacenar los trastos viejos. Mi abuela, que siempre lo guarda todo, atesoraba pequeños recuerdos de días felices que jamás se atrevía a desempolvar. Quizás porque, en el fondo, no deseaba recordar cuan felices eran en realidad esos días, ya que ahora se estaba marchitando como una flor que disfrutó de su primavera.

La verdad es que relatar los hechos, tal y como ocurrieron, es complicado. Cada cual tiene una interpretación de lo que realmente vio y ninguna concuerda en absoluto. Cada recuerdo es como la pieza de un puzzle gigantesco, difícil de componer. Aquí no tienes esquinas por las que comenzar, ni imagen de muestra. Compréndalo, para nosotros no era más que un baúl viejo, de mimbre, roído por años de abandono y por el paso de las estaciones. No, no me interprete mal, en esta casa no menospreciamos los objetos antiguos, pero esta reliquia era algo más que una bagatela de anticuario, no sé si me comprende.

Por aquellos entonces, yo no contaba con más de 14 años y era una niña curiosa, como todos los niños de mi edad. Al ser mi madre tan precavida y tan fervientemente católica, cuidaba mucho mi educación, tanto, que contrató a una institutriz personal que llevara mis asuntos escolares, mientras que ella misma y el párroco familiar llevaba los asuntos espirituales. Tan sólo se me permitía salir de casa los domingos, para ir a misa, y esta liturgia dominical era mi único contacto real y verdadero con el mundo exterior. No jugaba con otros niños, pasaba mis horas muertas leyendo textos espirituales en compañía de mi querida muñeca de trapo. Oh, aquí la tengo, ¿a que es bonita? Perdón, continuaré.

Mis aventuras más osadas consistían en curiosear por los interiores de la mansión. Como la mayor parte de las ventanas estaban tapiadas, mis ojos se acostumbraron a una pronta edad a la oscuridad de la casa, por eso ahora el sol me ciega con facilidad. Un día descubrí la trampilla que accedía a la buhardilla donde mi madre atesoraba cacharros inútiles, ropas antiguas y libros leídos miles y miles de veces. Algunos de los volúmenes, encuadernados en cuero, pesaban tanto que mis pequeñas manos no podían sostenerlos. Hasta que fui lo suficientemente mayor.

Esa mañana, la institutriz había tenido el día libre para hacer unos recados en la ciudad. Mi abuela, que por aquellos entonces ya estaba enferma, yacía en su cama con la campana en la mano, dando suficiente trabajo al servicio como para que se olvidasen de mi presencia. Mi madre, como siempre, estaba en casa del párroco consultando sobre mi educación. Desde la muerte de mi padre, mi madre pasaba muchas horas con el cura, seguramente en busca de refugio espiritual para mitigar el dolor de la pérdida. Escurrirme escaleras arriba por la trampilla fue tarea fácil, incluso portando aquel candil titánico que requería la mayor parte de mi fuerza.

Algo había cambiado en aquella estancia desde mi última visita. Una niebla espesa reptaba animosamente por las esquinas, carcomiendo la oscuridad. Uno de los grimorios de cuero aterciopelado estaba en el suelo, cosa curiosa, pues la pulcridad de mi familia era conocida por su minuciosidad. La insignia de la portada me era desconocida, así como la escritura interior de las páginas, cuyos caracteres me resultaban indescifrables. Algunos dibujos poblaban las hojas, pero me resultaban a partes iguales ininteligibles y tremendamente atractivos. Oscuros, tenebrosos, antinaturales. Pero tremendamente atractivos.
La luz del candil amenazaba con extinguirse. Creí haberme asegurado de abastecerlo con el suficiente aceite, pero a veces mi sentido de la medida se veía entorpecido por mi carencia de práctica en ciertos menesteres. Intenté abrir una pequeña bisagra para comprobar el estado del carburante, pero mis pequeños dedos tropezaron con la estrechez de la obertura, rasgándome la piel infantil con un tajo bien definido. Pronto empezó a brotar sangre. Mi único miedo, en aquellos momentos, fue el de ocultar mi herida a mi madre, pues si veía mi dedo sangrante seguramente me preguntaría cómo me lo había hecho y tendría que decirle la verdad, puesto que ella misma me había enseñado que Dios castiga muy cruelmente a aquellos que dicen mentiras. Especialmente, a su madre. Y así estaba yo, sentada con el libro abierto sobre mis rodillas, rezando para que la herida sanase antes de que volviese mi madre de casa del párroco, sin notar que la sangre se deslizaba, goteando sobre el libro. Al ver el berenjenal que estaba montando, intenté limpiar la sangre de las páginas con mi pañuelo de los domingos, pero solo conseguí extenderla más, por encima de todo el dibujo. Entonces comenzaron a suceder las cosas extrañas.

La sangre formaba una fina película semitransparente por encima de la tinta. Los espacios que se encontraban vacíos, entre los párrafos, empezaron a llenarse con nuevas palabras escritas en aquella caligrafía extraña que me era tan desconocida. El silencio llenó la habitación. No, no me refiero a ese silencio que es la ausencia de ruido, sinó ese otro silencio, un silencio ensordecedor, la ausencia de todo ruido. Se extendió lentamente por la estancia, arremolinándose y curvándose, mientras la neblina se disipaba. de baúl salió un repiqueteo. Y se abrió. Y lo que vi, amigo mío, es difícilmente descriptible.

En aquellos momentos, el terror que sentí fue sobrenatural. Un chillido escapó con tanta fuerza que sentí como mis cuerdas vocales se desgarraban, explotando en mis tímpanos como una detonación acústica. Mis músculos estaban tensos, y no respondían a la llamada al movimiento de mi cerebro. Lo notaba perfectamente, pero, a la vez, es como si no estuviese allí. Pude ver, como transportada a otro mundo, como al baúl comenzaba a abrirse, y de él salía una especie de viscosidad verdosa que acariciaba con una sensualidad siniestra los bordes de la caja. Era algo más que una viscosidad, tenía ojos, podía verme, notaba su mirada, dolorosa, taladrándome la nuca. Entonces, la oscuridad vino a mí y mi alma abandonó mi cuerpo por un rato.

Supongo que mi grito debió alertar al servicio, que me encontró tendida en la buhardilla, al borde de la muerte, murmurando unas palabras extrañas. En las siguientes semanas, uno a uno, todos los ocupantes de la casa fueron conducidos al asilo de Arkham para personas con problemas emocionales. Nadie fue capaz de sobreponerse al contacto sobrenatural que había tenido lugar en nuestra mansión. Mi abuela murió al poco tiempo, presa de unas convulsiones que le provocaron una dislocación en casi todas sus articulaciones. Mi madre, Dios la tenga en gracia, murió degollándose a sí misma con una cruz de hierro, que era la única decoración que le permitían en el asilo, mientras entonaba unos cánticos al abismo que, ahora, consigo descifrar a duras penas. La casa fue sellada de nuevo, para que nadie más pudiese entrar, y ahora ni siquiera los niños curiosos se atreven a merodearla, pues desprende un halo de perversidad que penetra en los sentidos menos perceptivos.

Ya ve, amigo mío, usted es la única persona que ha entrado en esta casa desde aquellos entonces. Sí, lo lamento, probablemente sea. la última cosa que su mente puede ver de una forma racional. De veras que lo lamento.
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