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Personas I: Una noche en la casa Usher...

Corría de su mano por el paseo marítimo, preguntándome por qué estaba allí. Empapada, helada, y dirigiéndonos silenciosamente hacia su casa. La luna, deformada, se escondía por momentos y el cielo capeado avanzaba tan rápido como nosotros entre coches y escaleras. No quiero escribir sobre él, ni sobre mi; quiero escribir sobre su casa. No recuerdo en qué piso estaba, pero subimos en un ascensor estrecho y anticuado, que chirriaba indecorosamente, alrededor de su cara de conformismo somnoliento. Nada más abrir la puerta de madera me salió a recibir una diminuta criatura peluda y maullante que se prodigaba en afecto contra mis tobillos, suplicando un poco de atención. Mientras ignoraba los besos cálidos y ebrios de mi acompañante, seguí al animalito a través de un pasillo enmoquetado en lo que algún día fue color mostaza, hasta llegar al salón; epicentro y nodo de todo lo que ha de morir, el salón era un mar de polvo y cadáveres, que él recorrió lentamente, ajeno a mi rostro estupefacto. ¿Alguien se imagina lo que ha de ser un pueblo fantasma, una ciudad abandonada, Leninskiput a las afueras de Chernobyl, las aldeas anegadas en una noche de riada...? Un pátina grisacea cubría los objetos más cotidianos, las repisas, los muebles; tras el sofá, aún enhiestos, unos palos del Brasil retorcidos representaban tragedias shakespearianas en sus agonías eternas, más muertos ya que vivos. El mínimo felino se entretenía ahora devorando como podía unas zapatillas de felpa rosa, residencia póstuma de unos pies femeninos que hacía años habían abandonado a mi acompañante, su casa, y la vida en general. Desnudarme en su habitación fue la violación de un tálamo sagrado de otra dimensión, desde la que nos miraban los que se había ido. Él sólo fumaba, mirándome, como si me hubiese comprado por una noche, como un viejo a sus 18 años, con un gesto de aprovación pasiva. El sexo fue insulso y breve, entre las sábanas sucias y frías, mientras sonaba de fondo Eye in the Sky, una y otra vez, sin cesar, en versión corta. Ni él ni yo lo deseábamos. Mi cuerpo bajo el peso del suyo, y mi mente de paseo por entre los féretros que encerraban cada cuadro del pasillo, cada jarrón de cristal, cada muerto en su pasado, y todos a la vez observándome inanimados, tarareando la melodía de Alan Parson.
Los fantasmas de sus padres esperaban pacientemente a que desocupase su legítimo lecho para seguir adelante con sus vidas de ultratumba. Su abuela, ya reseca y pelona, le reprendía sin palabras por no ofrecer algo de beber a su invitada. Estábamos, como toda la casa, sumergidos en la laguna del otro mundo, donde viven los que no viven. Se quedó dormido poco después, con su aliento a nicotina roncando suavemente hacia sus labios; el maquillaje, suyo y mío, esparcido por sus pómulos infantiles. Tan lejos de mi, tan muertos los dos.
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