?

Log in

The Heart Of The Robot [entries|friends|calendar]
Clockwork In Progress

[ userinfo | livejournal userinfo ]
[ calendar | livejournal calendar ]

RATC [30 Dec 2005|08:47pm]

costuras
[ mood | cold ]

There comes a time in the life of every king, when he feels he lacks a thing. And it's this lack-of-somethingness that will determine our approach to everything around us. We become moody, rude, or even fierce and, eventually, can become obsessed by this don't-know-what-but-i-do that we carry inside. In fact, if we have to bear a hole, why does it weight so much? and, even worse, can this hole fill itself and become something... less hollowed?

My friend Aragorn, a soon-to-be-a king came into a deep episode of nostalgia because of this feeling; nothing but a nice pair of Manolo Haldir's could make him feel any better. Was he loveless? sexless? He decided to consult those he thought could give him good advice: his Elders. As it was a must, he invited Elrond & sons to a quick elfic brunch in the hottest tavern and put them up to date.

- Aragorn: Guys, it's official. I'm asthenic.
- Elrohir: Eeks, does it itch?
- Aragorn: I mean I am in the need of something... more.
- Elladar: Yeah, I know what you mean, I felt the very same last month. Have you tried a bigger dildo?
- Elrond: Elladar, please!
- Elrohir: Erm, waiter, cancel my order, I don't feel like lembas any more...
- Elladar: Aw you pussies, what can be more important than that?
- Aragorn: Well, I don't know, that's what I'm trying to figure out.
- Elrond: Maybe you are looking for love, true, deep, intense love...
- Aragorn: Do you think so? I thought I had already found a...
- Elrohir: Aragorn likes a giiirl!
- Elrond: Aw my Gaud! Aragorn, you are getting married!! I know!!
- Elrohir: Gosh, do you really feel the need to marry everyone around you?
- Elladar: Yeah, why would one marry when you can have the whole unringed package...?
- Aragorn: Un-ringed.......?
- Elrond: What a disgusting expression! What can be more beautiful than sealing eternal love with your lover and a ring?
- Aragorn: ... and a ring...?
- Elrohir: You don't seal love with a ring, you just buy a few months of premarital sex...

A couple of blocks away, 6 hours and 3 brandywine's later, Aragorn was about to burst. Would the hole fill with love? with sex? with a ring? with... a ring? He suddenly remembered the song they used to sing, in where a king was seduced by a thing, which was a ring. Ding ding! Maybe it was it! Maybe their friends were wrong... or... could they be right, at the same time? It was THAT ring... Finally, he could fill the hole by finding the hollowed. Maybe, for us bachelors of Middle Earth, it all becomes a matter of rings, to own, to keep, to destroy, to give, to share... a ring. And all the rings make the chain that's, finally, us. You. Does it ring a bell? or, perhaps... it rings a ring?

Ring and the City, by Carrie Bradshaw

post comment

"Un espía entre nosotros" [24 Oct 2005|02:23pm]

delirito
[ mood | cheerful ]

(Bueno, ésto es lo primero que escribo aquí, y viendo lo bien que lo hacéis todos, espero estar a la altura y que no seáis demasiado duros conmigo :P... )

La niebla rodeaba a Miko impidiéndole ver mucho más allá de dos metros de distancia. Miraba alrededor, con la naginata preparada, esperando. Oyó un rumor a su derecha y se giró a tiempo para detener la carga del samurai. La hoja se clavó en su abdomen, pero no le dio tiempo a sacarla antes del ataque del siguiente enemigo, a su espalda. Esquivó un primer golpe, saltando hacia la izquierda mientras desenfundaba su katana. Detuvo toda una serie de golpes y después se lanzó al ataque con movimientos fuertes y fluidos, desequilibrando a su enemigo hasta terminar con un golpe mortal en su costado.
Yae sacó la hoja de la katana del vientre del samurai caído.
-Señora Kayima...-a su lado apareció el señor Tagawa con su pulcro traje de ejecutivo-... señora Kayima...
-¡Sakura!-gritó Miko. El flash blanco lo iluminó todo, y después se volvió todo negro por unos instantes mientras se quitaba el conector del interfaz de la sien izquierda.-¿Qué sucede, señor Tagawa?-preguntó al recobrar la consciencia del mundo real.
-Hay una llamada del presidente Norita. Parece urgente.
-Muy bien. Que me la pasen ahora mismo.
El señor Tagawa se inclinó hacia adelante a modo de despedida y salió del despacho sin darle la espalda, con la cabeza todavía ligeramente inclinada. Un piloto rojo se encendió en el teléfono sobre su escritorio. Pulsó con un dedo largo y fino el interruptor "sin manos".
-Aquí Kayima. Es un honor recibir una llamada suya, presidente Norita-sama.-dijo con voz suave y encantadora.
-Kayima, ha llegado a nuestros oídos la posibilidad de un infiltrado en Norita High Corp.-le respondió al otro lado del aparato una voz impersonal, fría y profunda.
Los ojos de Miko se abrieron como platos, no tenía constancia de esa posibilidad. Ni siquiera tenían la más mínima sospecha.
-Ummm... Tal vez haya llegado también a sus oídos la noticia de que tengo a alguien con ese asunto.-contestó del mismo modo frío e impersonal, intentando disimular al máximo su sorpresa, y que no se notase la mentira.
Hubo un instante de silencio, y el presidente respondió:
-Por supuesto. Nos alegra ver su diligencia, señora Kayima, y que se sigue manteniendo tan bien informada como nosotros. Esperemos que eso le permita seguir muchos años en el puesto que disfruta en este momento. ¿Cuál será su guía de acción?
-Descubrir cuanto antes la veracidad de ese... "rumor", acallarlo lo antes posible, y deshacerme limpia y rápidamente de ese individuo... en caso de que exista. O demostrar que tan sólo se trata de un simple "rumor".
-Bien.-oyó que decía Norita-. Manténganos informados. Que pase un buen día, Kayima Miko.-y oyó el "click" del final de la llamada.
Se dejó caer en su confortable sillón de cuero negro, soltando un profundo suspiro. Se inclinó hacia adelante y cogió el auricular marcando acto seguido un número de memoria.
-¿Miles?... Necesito ayuda.

3 comments|post comment

Ejercicios... [20 Oct 2005|11:48am]

costuras
[ mood | apathetic ]

Tomás giraba la pajita, empujando su anécdota entre los hielos. En un ejercicio de paciencia consiguió esperar a que Alex terminase de responder a sus preguntas de rigor sobre la mujer, los niños, el trabajo, el olmo enfermo del jardín; aún así no pudo evitar sentir como un redoble en su cabeza mientras tomaba aire para decir la frase que venía preparando desde la noche anterior. Y es que Alex era un ferviente admirador de Paul Auster. Peor aún, era un auténtico pesado. Siempre tenía que salirle con leyendas urbanas cargadas de supuesta ironía, del tipo del buceador atrapado en el depósito del hidroavión, o la de los dos hermanos dados en adopción que no se dieron cuenta de sus identidades hasta el día de su boda.
- Si te cuento lo que me sucedió anoche no me vas a creer.
La frase tenía más ingenio del que parecía. Procuraba esconder en su cotidianeidad el ansia que tenía de darle con su relato en la cabeza, pero a la vez dejaba ver discretamente que estaba deseando hacerlo.
- Bueno, esto es nuevo. Cuenta.
Tomás se había imaginado a sí mismo como un profesional del misterio, dejando ahora unos segundos de suspense, bebiendo de su vaso, con calma, sometiendo por una vez la curiosidad de Alex. Sin embargo, apenás atinó a agarrarse a la mesa en una euforia contenida, para susurrar los hechos de la noche anterior acercándose a su amigo, como un niño que comparte una historia de terror.
- Vale, tú sabes quien es Mai, ¿verdad?
- Mai, ... ¿no? Esa que va por ahí con kimonos y plumas indias y que.., ¿no es la que se había tirado al camarero del Fontana? Ay no, ya sé quien dices, la de Tucho, es que como también le va el rollito exótico...
- Sí, esa justo.
Tomás se confió y sonrió pletórico.
- Ala, te has tirado a la mujer de Tucho, ya te vale.
¿Cómo había conseguido reventarle su historia tan pronto?
- No, o sea, sí, pero... a ver, ¿me dejas que te lo cuente?
- Buah, sí, cuenta.
- No es que me la haya tirado. Vamos, por supuesto que me la he tirado, pero es que eso no viene a cuento. El caso es que anoche vino a mi casa.
- ¿Tucho?
- No, Mai. Viene casi todos los martes.
- Joe, ya te vale.
Tomás miró a Sergio.
- ¿Me dejas?
- Sí, sigue, sigue.
- Pues eso, que salimos primero por ahí a cenar, y luego subió a mi casa, y la cosa estaba ya medio enfilada cuando suena el teléfono.
- ¡Qué fuerte, era Tucho! ¿A qué sí? Buah, os ha pillado, ¡qué fuerte!
Tomás comenzaba a ponerse negro.
- Sí - masticó la afirmación, tragándose el improperio que la acompañaba - era Tucho.
- Jo, jo.
- Pero no nos ha pillado, que eres un listo.
Tomás miró al suelo, había desvelado el final de la historia antes de tiempo. Sergio se reía, inconsciente de la marejada que se forjaba en la copa de su amigo.
- Era Tucho, y me llamaba para decirme que sospechaba que Mai le engañaba. Vamos, que no lo sospechaba, que tenía la absoluta certeza. Y Mai a mi lado, en plan Betty Boop enseñándome los ligueros nuevos. Jamás he sudado tanto en mi vida. Nada, que le trato de calmar, le digo que no sea paranoico, pero el tío en sus trece; que si que me engaña fijo, que si ahora está con él.
- ¿Y no sabía que eras tú? A lo mejor era un truco, o algo.
- No, que va. Me dice que no puede vivir sin ella y que si le está engañando de verdad, que la mata a ella y luego se mata él, y al amante, y, bueno, supongo que no por ese orden. Entonces traté de quitarle hierro, y le dije que si era así que tampoco era tan grave, que tías como esa hay a patadas, y que si le está engañando, mejor ahora que no más tarde, que así ya sabe la clase de tipa que es. Y Mai a mi lado oyéndolo todo y mirándome como si me fuese a sacar los ojos.
- Jaja, qué peligro.
- Sí, pero es que flipa, porque nada, le tranquilicé, le dije que hoy iría a verle y colgué para explicarle a ella la situación. Le dije que le había dicho aquello para hacer como que me ponía de su lado, y blabla, porque si no la tía me corta los huevos allí mismo. Y cuando ya la tengo medio dispuesta de nuevo, vuelve a sonar el teléfono.
- Bua, el Tucho otra vez, fijo.
- Joe, sí, pero te juro que si adivinas lo que me dijo te doy diez euros.
- Jajaja, ¡yo que sé! Que iba a ir a tirarse a la otra, la del camarero del Fontana, para desquitarse, o algo así.
Tomás hinchó el pecho de orgullo, había comenzado algo tambaleante, pero ahora el final caería por su propio peso. Ya nada podía evitarlo.
- Pues me dijo que no me preocupase, que había sido un tonto. Que Mai acababa de llegar a casa con su hermana, y que él se había tomado antes algo de beber esperándola, le había sentado mal y se le había ido la cabeza.
- Ala, ¿y Mai a tu lado?
- No sólo eso, es que Mai no tiene hermanas.
- ¡No! Joe, ¡Y entonces?
- Ni idea, a saber que pasa por la mente de este tío.
- Descarao, a mi me da miedo. Yo creo que sabe que fuiste tú.
- Boh, que va.
- Tú sabrás. Por cierto, ¿te he contado la historia del tío que tiene una vecina con una prima en la India que está casada con el primo sueco de la esposa de ese mismo tío?

1 comment|post comment

...::: Pulp Scifi III :::... [09 Sep 2005|11:26am]

evanklein
Aqui va la continuación de la serie. Espero que os guste. He atendido todas vuestras críticas.

El MercaderCollapse )

Por supuesto las críticas siguen siendo bienvenidas. Me ayudan a mejorar la novela. Un saludo.
8 comments|post comment

[16 Aug 2005|10:16am]

evanklein
[ mood | weird ]

Como estoy poniendo en practica vuestros consejos, para que veais que no caen en saco roto, la siguiente entrega de la novela-pulp va a tardar un poco mas; pero no demasiado más.

Image hosted by Photobucket.com
post comment

EL CUENTO INACABADO [27 Jul 2005|02:03am]

malize
Había una vez un cuento, que tenía muchas páginas. Algunas estaban escritas y otras no, porque el cuento estaba inacabado. En una casa, en el borde del cuento, vivía una muñequita. Cogía letras que crecían en los árboles del bosque del cuento inacabado, y con ellas se construía muebles y juguetes, para pasar el tiempo. Con ella se construyó una caja de cristal para guardar su corazón, que ya estaba bastante gastado y lleno de alfileres.

Esperando y esperando, un día la muñequita, que se aburría, cogió un libro de la estantería y se puso a leerlo. Y en el libro ponía:

Había una vez un cuento, que tenía muchas páginas. Algunas estaban escritas y otras no, porque el cuento estaba inacabado. En una casa, en el borde del cuento, vivía una muñequita. Cogía letras que crecían en los árboles del bosque del cuento inacabado, y con ellas se construía muebles y juguetes, para pasar el tiempo. Con ella se construyó una caja de cristal para guardar su corazón, que ya estaba bastante gastado y lleno de alfileres.

Un día la muñequita, decidió salir a investigar el exterior y se encontró con una persona. Esa persona estaba muy triste, y muñequita le quiso ayudar.

- Por qué lloras? - Preguntó la muñequita.
- Porque he perdido mi corazón


Mientras leía, la muñequita acariciaba su caja de cristal, porque sabía muy bien lo que era perder su corazón y le dió lástima. Así que juntó letras para crear un nuevo corazón, y lo metió en el libro.

La muñequita encontró un corazón y pensó que se lo podría dar a la persona que estaba llorando.

- Toma -le dijo-, he encontrado un corazón. No es el tuyo, pero seguro que te sirve hasta que encuentres el que has perdido.

La persona que lloraba lo cogió, y le agradeció a muñequita el gesto, intentando sonreír.

Muñequita volvió al cuento, para asegurarse de que su corazón seguía en un su caja, y se echó a dormir.


Muñequita cerró el libro y siguió esperando, pues deseaba que su cuento fuese acabado, así que decidió salir del cuento para explorar. Allí se encontró con el escritor, que estaba llorando.

- ¿Por qué lloras? -preguntó muñequita.
- Porque he perdido la inspiración, y ahora dejaré el cuento inacabado. Y lloro porque, como parte de mí que eres, me gustaría que tuvieras un final.

Muñequita volvió al cuento y cogió unas cuantas letras para hacer la palabra "inspiración", pero nada ocurrió. Así que salió en busca de esa inspiración, a ver si la encontraba para su escritor. Pero mirase donde mirase, no encontraba ninguna, y los pocos que tenían una no la querían compartir. Así que, cuando volvió al cuento, pensó en regalar al escritor lo único que tenía suyo que era real, que era su corazón. Lo sacó de la caja, y se fué hasta el borde del cuento, estirando las manos. El escritor vió lo que le tendía y lo cogió, con tan mala suerte que se le resbaló de las manos, haciendo que uno de los alfileres se clavase profundamente. Al hacerlo, el pecho de trapo de la muñequita se abrió, y empezó a sangrar. Muñequita se acurrucó en una esquina de la casa mientras la sangre resbalaba tela abajo, notando como su vida irreal se escapaba de ella. Y murió.

Un día, muñequita se cansó de esperar a que su escritor finalizase el cuento, y decidió salir a ver si lo encontraba. Pero al salir del cuento se encontró en una casa como la suya, con muñequita acurrucada en una esquina sin un solo hálito de vida. Triste, fué a ver al escritor.

- ¿Por qué has matado a quién te ha dado su corazón? -preguntó muñequita.
- Fué sin querer, ella me lo dió para que acabase su cuento, pero se me resbaló de las manos y se clavó uno de los alfileres.

Muñequita miró al escritor y vió que estaba realmente triste.

- ¿Quieres que te busque otro corazón para que puedas acabar el cuento? -le preguntó
- No -dijo el escritor-, si no he podido cuidar a uno, prefiero no tener en mis manos otro que pueda romper.

Pero muñequita, que era muy terca, volvió a su cuento y cogió el corazón que tenía guardado en una caja y se lo tendió al escritor.

- ¿Por qué me lo das? -dijo el escritor- Sabes que es lo único real que tienes y que, sin querer, puedo romperlo y tu también morirás?
- Eso es cierto -dijo la muñequita-, si no te doy mi corazón para que acabes el cuento, quizás viviré más, pero sería una vida aburrida sin un final y siempre me preguntaré qué habría pasado si te lo hubiese dado.
- Pero yo no lo podré cuidar bien. Está muy gastado y lleno de agujas, y con un simple descuido podría hacer que cualquiera se clavase profundamente.
- En ese caso -repuso la muñequita- guárdalo en su caja. Y haremos un trato. Yo me sentaré en mi casa de tela y esperaré, y si vuelve la inspiración para seguir escribiendo el cuento, podrás sacarlo de la caja.
- De acuerdo -dijo el escritor- si eso llega a pasar, te daré yo el mío para que escribamos el final entre los dos, así estaremos en paz.

Y muñequita volvió a su cuento, y se sentó a esperar.


Muñequita estaba muerta, pero sonreía, porque sabía que su corazón había hecho reír a alguien que estaba llorando y porque, en el fondo, le había gustado vivir en el cuento y recoger letras de los árboles.
post comment

[24 Jun 2005|09:38am]

evanklein
Segundo Capítulo. Segundo borrador. Corrigiendo el primero gracias a la valiosa ayuda de costuras. Espero que os guste, ya que es la primera vez que hago un Crossover estilístico tan a las claras, una incursión en otro género tan directamente. Sed comprensivos, puesto que soy primerizo en estas lides.

2º Capitulo - El DesafíoCollapse )

No os corteis en criticarme, por supuesto. Si es para bien, me parece lo idóneo.

[Versión corregida del capítulo; hay cambios mayúsculos. Espero que os parezca mejor]
14 comments|post comment

...::: Primer borrador [Work in progress] :::... [16 Jun 2005|04:13am]

evanklein
Aqui inicio lo que es la primera parte de una pequeña obra corta, como aquellas antiguas series del formato pulp. Es un primer borrador.

En El Templo Negro....Collapse )

Continuará...
1 comment|post comment

EL BAÚL [26 May 2005|08:31pm]

malize
Comenzó en la esquina, justo allí. Teníamos un pequeño baúl para almacenar los trastos viejos. Mi abuela, que siempre lo guarda todo, atesoraba pequeños recuerdos de días felices que jamás se atrevía a desempolvar. Quizás porque, en el fondo, no deseaba recordar cuan felices eran en realidad esos días, ya que ahora se estaba marchitando como una flor que disfrutó de su primavera.

La verdad es que relatar los hechos, tal y como ocurrieron, es complicado. Cada cual tiene una interpretación de lo que realmente vio y ninguna concuerda en absoluto. Cada recuerdo es como la pieza de un puzzle gigantesco, difícil de componer. Aquí no tienes esquinas por las que comenzar, ni imagen de muestra. Compréndalo, para nosotros no era más que un baúl viejo, de mimbre, roído por años de abandono y por el paso de las estaciones. No, no me interprete mal, en esta casa no menospreciamos los objetos antiguos, pero esta reliquia era algo más que una bagatela de anticuario, no sé si me comprende.

Por aquellos entonces, yo no contaba con más de 14 años y era una niña curiosa, como todos los niños de mi edad. Al ser mi madre tan precavida y tan fervientemente católica, cuidaba mucho mi educación, tanto, que contrató a una institutriz personal que llevara mis asuntos escolares, mientras que ella misma y el párroco familiar llevaba los asuntos espirituales. Tan sólo se me permitía salir de casa los domingos, para ir a misa, y esta liturgia dominical era mi único contacto real y verdadero con el mundo exterior. No jugaba con otros niños, pasaba mis horas muertas leyendo textos espirituales en compañía de mi querida muñeca de trapo. Oh, aquí la tengo, ¿a que es bonita? Perdón, continuaré.

Mis aventuras más osadas consistían en curiosear por los interiores de la mansión. Como la mayor parte de las ventanas estaban tapiadas, mis ojos se acostumbraron a una pronta edad a la oscuridad de la casa, por eso ahora el sol me ciega con facilidad. Un día descubrí la trampilla que accedía a la buhardilla donde mi madre atesoraba cacharros inútiles, ropas antiguas y libros leídos miles y miles de veces. Algunos de los volúmenes, encuadernados en cuero, pesaban tanto que mis pequeñas manos no podían sostenerlos. Hasta que fui lo suficientemente mayor.

Esa mañana, la institutriz había tenido el día libre para hacer unos recados en la ciudad. Mi abuela, que por aquellos entonces ya estaba enferma, yacía en su cama con la campana en la mano, dando suficiente trabajo al servicio como para que se olvidasen de mi presencia. Mi madre, como siempre, estaba en casa del párroco consultando sobre mi educación. Desde la muerte de mi padre, mi madre pasaba muchas horas con el cura, seguramente en busca de refugio espiritual para mitigar el dolor de la pérdida. Escurrirme escaleras arriba por la trampilla fue tarea fácil, incluso portando aquel candil titánico que requería la mayor parte de mi fuerza.

Algo había cambiado en aquella estancia desde mi última visita. Una niebla espesa reptaba animosamente por las esquinas, carcomiendo la oscuridad. Uno de los grimorios de cuero aterciopelado estaba en el suelo, cosa curiosa, pues la pulcridad de mi familia era conocida por su minuciosidad. La insignia de la portada me era desconocida, así como la escritura interior de las páginas, cuyos caracteres me resultaban indescifrables. Algunos dibujos poblaban las hojas, pero me resultaban a partes iguales ininteligibles y tremendamente atractivos. Oscuros, tenebrosos, antinaturales. Pero tremendamente atractivos.
La luz del candil amenazaba con extinguirse. Creí haberme asegurado de abastecerlo con el suficiente aceite, pero a veces mi sentido de la medida se veía entorpecido por mi carencia de práctica en ciertos menesteres. Intenté abrir una pequeña bisagra para comprobar el estado del carburante, pero mis pequeños dedos tropezaron con la estrechez de la obertura, rasgándome la piel infantil con un tajo bien definido. Pronto empezó a brotar sangre. Mi único miedo, en aquellos momentos, fue el de ocultar mi herida a mi madre, pues si veía mi dedo sangrante seguramente me preguntaría cómo me lo había hecho y tendría que decirle la verdad, puesto que ella misma me había enseñado que Dios castiga muy cruelmente a aquellos que dicen mentiras. Especialmente, a su madre. Y así estaba yo, sentada con el libro abierto sobre mis rodillas, rezando para que la herida sanase antes de que volviese mi madre de casa del párroco, sin notar que la sangre se deslizaba, goteando sobre el libro. Al ver el berenjenal que estaba montando, intenté limpiar la sangre de las páginas con mi pañuelo de los domingos, pero solo conseguí extenderla más, por encima de todo el dibujo. Entonces comenzaron a suceder las cosas extrañas.

La sangre formaba una fina película semitransparente por encima de la tinta. Los espacios que se encontraban vacíos, entre los párrafos, empezaron a llenarse con nuevas palabras escritas en aquella caligrafía extraña que me era tan desconocida. El silencio llenó la habitación. No, no me refiero a ese silencio que es la ausencia de ruido, sinó ese otro silencio, un silencio ensordecedor, la ausencia de todo ruido. Se extendió lentamente por la estancia, arremolinándose y curvándose, mientras la neblina se disipaba. de baúl salió un repiqueteo. Y se abrió. Y lo que vi, amigo mío, es difícilmente descriptible.

En aquellos momentos, el terror que sentí fue sobrenatural. Un chillido escapó con tanta fuerza que sentí como mis cuerdas vocales se desgarraban, explotando en mis tímpanos como una detonación acústica. Mis músculos estaban tensos, y no respondían a la llamada al movimiento de mi cerebro. Lo notaba perfectamente, pero, a la vez, es como si no estuviese allí. Pude ver, como transportada a otro mundo, como al baúl comenzaba a abrirse, y de él salía una especie de viscosidad verdosa que acariciaba con una sensualidad siniestra los bordes de la caja. Era algo más que una viscosidad, tenía ojos, podía verme, notaba su mirada, dolorosa, taladrándome la nuca. Entonces, la oscuridad vino a mí y mi alma abandonó mi cuerpo por un rato.

Supongo que mi grito debió alertar al servicio, que me encontró tendida en la buhardilla, al borde de la muerte, murmurando unas palabras extrañas. En las siguientes semanas, uno a uno, todos los ocupantes de la casa fueron conducidos al asilo de Arkham para personas con problemas emocionales. Nadie fue capaz de sobreponerse al contacto sobrenatural que había tenido lugar en nuestra mansión. Mi abuela murió al poco tiempo, presa de unas convulsiones que le provocaron una dislocación en casi todas sus articulaciones. Mi madre, Dios la tenga en gracia, murió degollándose a sí misma con una cruz de hierro, que era la única decoración que le permitían en el asilo, mientras entonaba unos cánticos al abismo que, ahora, consigo descifrar a duras penas. La casa fue sellada de nuevo, para que nadie más pudiese entrar, y ahora ni siquiera los niños curiosos se atreven a merodearla, pues desprende un halo de perversidad que penetra en los sentidos menos perceptivos.

Ya ve, amigo mío, usted es la única persona que ha entrado en esta casa desde aquellos entonces. Sí, lo lamento, probablemente sea. la última cosa que su mente puede ver de una forma racional. De veras que lo lamento.
2 comments|post comment

[25 May 2005|10:35pm]

malize
Saludos! Me presentaré lo primero. Soy MaLize, he llegado a este journal de casualidad, pero me gusta ver que existe (bueno, la verdad sea dicha, me inscribí para no perderme los relatos de Costuras xD) espero poder aportar mi granito de arena, si me dejais.
4 comments|post comment

Personas I: Una noche en la casa Usher... [22 May 2005|04:25pm]

costuras
[ mood | blank ]

Corría de su mano por el paseo marítimo, preguntándome por qué estaba allí. Empapada, helada, y dirigiéndonos silenciosamente hacia su casa. La luna, deformada, se escondía por momentos y el cielo capeado avanzaba tan rápido como nosotros entre coches y escaleras. No quiero escribir sobre él, ni sobre mi; quiero escribir sobre su casa. No recuerdo en qué piso estaba, pero subimos en un ascensor estrecho y anticuado, que chirriaba indecorosamente, alrededor de su cara de conformismo somnoliento. Nada más abrir la puerta de madera me salió a recibir una diminuta criatura peluda y maullante que se prodigaba en afecto contra mis tobillos, suplicando un poco de atención. Mientras ignoraba los besos cálidos y ebrios de mi acompañante, seguí al animalito a través de un pasillo enmoquetado en lo que algún día fue color mostaza, hasta llegar al salón; epicentro y nodo de todo lo que ha de morir, el salón era un mar de polvo y cadáveres, que él recorrió lentamente, ajeno a mi rostro estupefacto. ¿Alguien se imagina lo que ha de ser un pueblo fantasma, una ciudad abandonada, Leninskiput a las afueras de Chernobyl, las aldeas anegadas en una noche de riada...? Un pátina grisacea cubría los objetos más cotidianos, las repisas, los muebles; tras el sofá, aún enhiestos, unos palos del Brasil retorcidos representaban tragedias shakespearianas en sus agonías eternas, más muertos ya que vivos. El mínimo felino se entretenía ahora devorando como podía unas zapatillas de felpa rosa, residencia póstuma de unos pies femeninos que hacía años habían abandonado a mi acompañante, su casa, y la vida en general. Desnudarme en su habitación fue la violación de un tálamo sagrado de otra dimensión, desde la que nos miraban los que se había ido. Él sólo fumaba, mirándome, como si me hubiese comprado por una noche, como un viejo a sus 18 años, con un gesto de aprovación pasiva. El sexo fue insulso y breve, entre las sábanas sucias y frías, mientras sonaba de fondo Eye in the Sky, una y otra vez, sin cesar, en versión corta. Ni él ni yo lo deseábamos. Mi cuerpo bajo el peso del suyo, y mi mente de paseo por entre los féretros que encerraban cada cuadro del pasillo, cada jarrón de cristal, cada muerto en su pasado, y todos a la vez observándome inanimados, tarareando la melodía de Alan Parson.
Los fantasmas de sus padres esperaban pacientemente a que desocupase su legítimo lecho para seguir adelante con sus vidas de ultratumba. Su abuela, ya reseca y pelona, le reprendía sin palabras por no ofrecer algo de beber a su invitada. Estábamos, como toda la casa, sumergidos en la laguna del otro mundo, donde viven los que no viven. Se quedó dormido poco después, con su aliento a nicotina roncando suavemente hacia sus labios; el maquillaje, suyo y mío, esparcido por sus pómulos infantiles. Tan lejos de mi, tan muertos los dos.

1 comment|post comment

Presentándome. [06 Apr 2005|09:38am]

monsieurvenus
Bien, bien, queridos lectores. Me presento: soy monsieurvenus y me dispongo a estar entre ustedes hasta que me echen. Tan sólo permítanme que organice mis horarios, que rebusque en mi polvoriento sótano de curiosidades y trataré de ser de alguna utilidad en este espacio.

Como ya le he dicho al noble evanklein, no sé si mis conocimientos encajaran mucho con la temática de esta página, pero espero que así sea. Y si no, pasaremos al plan B: convertirlos a todos.

Un saludo y gracias.
2 comments|post comment

[15 Mar 2005|11:52am]

evanklein
Como bien apuntaba nemes cyberdark ha muerto, y las tropas cyberdarkianas se expanden por el universo en busca de colonizarlo y convertirlo a la Revolución Naranja.

Una expansión de ese tipo estará llena de caos y disgregación, pues aspira a llegar a cimas mas altas y antes no exploradas. Y muchos son los colectivos que la han emprendido por separado. Veremos que es lo que surge de todo eso. Por ahora las páginas aliadas a ella, o sus herederas, no parecen gran cosa, aunque tenderán a mejorar con el tiempo.

Desde esta comunidad nuestros saludos y nuestros mejores deseos a todos ellos. Recordad que seguimos hablando la misma lengua, un mismo idioma.
4 comments|post comment

[18 Dec 2004|01:02am]

costuras
[ mood | exhausted ]


Esa constante presencia invisible no solo no inquietaba a Helen, sino que la estimulaba y animaba a escribir con más ganas. Pasadas las doce del viernes se sentó, se tomó su tiempo y se dispuso a relatar una historia. Creía que por fin iba a tener un lector adecuado así que, aunque tenía algo de sueño, decidió poner en palabras algo que llevaba reservando mucho tiempo, para sí misma, o para quien estuviera por llegar.

Hace cuatro años que muté en otra diferente a la que era. No es que me arrepienta, en absoluto, de lo que pasó, … mejor, de lo que hice. Sin embargo todo mi ser, en una noche, fue desechado, y en el mismo cuerpo, sin casi diferencias, explotó quien ahora soy, matando a la que dicen que fui. Si parece complicado en palabras, más difícil se me hace coserlo en mi cabeza, en una línea de puntadas con sentido.
Hace cuatro años aproximadamente me topé con un extraño; nada tiene de particular puesto que la gente normal, como yo, que era normal a mi vez, se topa con extraños a cada paso, que no necesariamente matan todo lo que son. Yo era de esas personas que cojean del pie de la soledad y la inseguridad. Incapaz de estar sola ni por un instante, me procuraba compañías en todo momento, unas más afines que otras. Lo cierto era que no importaba siempre que estuviesen dispuestas a regalarme los oídos con torpes palabras acerca de mi evidente perfección.
Así se me escribieron canciones, poemas, se me aduló con regalos, viajes, visitas, caricias… pero no era suficiente. Por eso no me extrañó lo más mínimo encontrar a Jude.
Sólo volver a escribir su nombre me transporta a momentos que pasan por mi mente como una amenaza, o una promesa.
Me gustaría poder describirle de una forma ortodoxa para así introducir su presencia. Pero es simplemente que no puedo. Jamás le he visto. Más adelante quedará más claro este punto.
Mis conocidos me hablaban de él a menudo, como alguien más de su entorno, y supongo que al él también de mi; y pese a que nunca coincidimos, en pocas semanas conocíamos lo suficiente el uno del otro como para saber que había que poner fin a esa distancia absurda.
No obstante, las reservas de ambos a quedar formalmente (en parte por timidez, en parte por que sería una escena perfectamente vulgar; ser presentados socialmente, mientras nos imaginábamos fundiéndonos en un mismo charco), cada uno por su lado, fuimos dilatando la espera, hasta que conseguí enviarle una nota fugaz por medio de una amiga común.
De dónde saqué el valor para aquello, es algo que se me escapa. Ya que la nota sólo fue el registro físico del mayor acto de audacia que he llevado a cabo. La nota decía: “En realidad sería perfecto que nos citásemos a ciegas, en el sentido estricto de la expresión. He reservado una habitación en el Plaza a tu nombre. Preséntate allí a las 5 y media, mañana. Entra en la habitación, cierra las persianas, echa las cortinas y apaga las luces; espérame sentado. Yo llegaré a las 6. Sé que aceptarás. Hasta mañana.
En realidad él ya me había hecho llegar por la misma vía una breve carta en la que expresaba su deseo por conocerme; y al leerla temblaba sólo de pensar en mantener una cita a ciegas. Pero luego pensé que sería perfecta.
Y así fue como llegué a la puerta de madera de la habitación 312. Pasé la mano por su superficie, tratando de sentir la presencia al otro lado, tratando de transmitir que había llegado, pero que estaba demasiado asustada de mi misma. Di la vuelta y me fui.
Ya estaba en la calle, cuando me invadió un llanto absoluto, un sentimiento de miseria y rencor hacia mi actitud. Los edificios, los coches, todo se fundía a mi alrededor como pintura aún fresca.
Corrí hasta mi casa y me refugié en mi cama durante días. Antes de una semana alguien deslizó otra nota debajo de mi puerta.
No me lo esperaba. Pensé que entrarías. Sé que estuviste allí. De todos modos siempre me ha dado una mala sensación ese hotel. Te veré mañana en idénticas circunstancias en el Trocadero.
Y me reí como una niña, y abracé la nota como quien encuentra el amor por primera vez. No me verás, pensé, estaré allí, pero no me verás.
Así que a las 6 de la tarde toqué a la puerta de la habitación 312 del Trocadero. Después entré despacio. Todo estaba a oscuras.
- Erm, … ¿hola?
- Hola
- ¿Dónde estás?
- Estoy aquí-í…
- Tengo… tengo miedo.
- Toma mi mano, está extendida.
- ¿Dónde?
- Delante de ti. Llevo más rato en la oscuridad, mis ojos se han acostumbrado un poco.
- Entonces, ¿puedes verme?
Me invadió el miedo e instintivamente me tapé la cara.
- Sólo tu silueta.
Extendí el brazo izquierdo muy despacio, con ese temblor injustificado del que no ve y sospecha de paredes y obstáculos allá a donde se dirige. Su mano, sin embargo no apareció en la mía, sino en mi cintura. Di un respingo y entonces Jude me atrapó.

3 comments|post comment

[15 Dec 2004|09:56pm]

costuras
[ mood | calm ]



Pero, aunque recibía visitas, Helen comía sola; escribía sola; vivía sola. En sí misma, la situación no suponía ningún problema. La mayoría de la gente tenía más bien poco que ofrecerle. Pero en algunas ocasiones, al respirar, sentía que había algo dentro de ella, más grande que ella misma, más grande que cualquier cosa conocida, y que pugnaba por salir. Le apretaba el pecho, le dolían los poros, se le daban de sí la boca y la nariz.

Por la noche se veía invadida por sueños en los que volcaba una esencia etérica y dulce dentro de un ser sin rostro, en un parto bucal y doloroso; el caudal de sus efluvios le rasgaba las comisuras y empujaba su lengua entre los labios de su recipiente, aleteando relajada, entre las corrientes que emanaban de una dimensión que nacía en su pecho. Y mientras vomitaba su alma dentro del otro, su piel, sus órganos efervescían, se disolvían y ella era feliz, trascendente, y perfectamente realizada.
Entonces se despertaba con hambre, y nacía su día. Y con él la posibilidad de que algo apasionante sucediese, algo que cambiase el sentido de su existencia. Ojalá fuese tan sencillo.

Era la cuarta vez que Ben se tomaba la molestia de estudiar a alguien. No era una molestia, en realidad. Las tres veces anteriores el estudio le había proporcionado casi tanto placer como la ejecución final. Ya llevaba casi una semana en un apartamento justo en frente del de Helen, y la miraba a través de la lente como un pintor observando un paisaje. Torcía la cabeza hacia un lado o hacia el otro, tratando de entender sus acciones. Una tierna misántropa más, protegida por los muros de su rutina, incapaz casi de hablar sin tropezarse con su propia lengua, y sin embargo asidua a largas charlas con sus plantas, o sus libros, tan solo mediante sus blancos dedos. Helen no tenía gatos.

Dos veces por semana llegaba el repartidor a traer numerosos paquetes de unos grandes almacenes, casi siempre ella le ofrecía un café y, a menudo, el buen hombre lo rechazaba. Muy rara vez, de noche, salía a caminar, si había llovido por la tarde. Usaba zapatos planos, infantiles, y pisaba cuidadosamente con ellos en el centro de los charcos, sonriendo, sin salpicar lo más mínimo. Casi siempre se paraba a estudiar la lámpara frente al número 114, que estaba estropeada hacía meses y parpadeaba una luz naranja un poco más pálida que la de todas las demás. Poco más hacía fuera de su casa.

Parecía que no iba a ser muy complicado llegar hasta ella. Era precisamente esa anticipación, ese vivir una y otra vez su propio futuro mentalmente, lo que le permitía soportar la culpa por todo lo que hacía. Sus conductos morales ardían, quemados por la bilis de su lado humano. Pero nada era tan importante como satisfacer su necesidad de pasión. De calor.

Tras observarla mientras preparaba la cena en la cocina, se sentó en su sofá, de espaldas a la ventana, y encendió un cigarrillo. Era el momento, se dijo, sin plantearse si quiera el controlar su ansiedad, de decidir cómo lo haría esta vez. Ella era especial, todas lo eran para él, y por eso las elegía; y se merecían que él se tomase la molestia de pararse a pensar qué es lo que iba a hacer con ellas. La clave es la personalización, sin ella, sólo quedo yo.

Desde hacía casi una semana Helen tenía una extraña sensación. Algo positivo. Algo se acercaba, y la obligaba a pasear por su pasillo arriba y abajo, en silencio, retorciéndose los nudillos. Algo detrás de ella, una sombra perenne, marcaba la inminencia de su destino. Desde hacía casi una semana. Más o menos.

2 comments|post comment

[29 Nov 2004|04:21pm]

costuras
[ mood | automática ]

John hizo que colocaran el paquete en el salón azúl, justo al lado del astrolabio. Era bastante grande, cubierto de papel manila, y entallado con un cordel amarillo. Sobre el papel, en tinta verde, varios sellos: Frágil, No Apilar, A la atención de; seguido de unas letras en plumilla negra, algo reviradas, pero masculinas desde cualquier punto de vista: John D. April.

Le dio una generosa propina al mozo y se sentó frente al paquete, retorciéndose las manos, en un gesto muy personal de nerviosismo y culpabilidad.

- Te he traido aquí para que estés a mi lado. Ya lo verás, no tienes nada que temer mientras estés conmigo. No soy ningún maníaco. Pero... esta situación es ya muy violenta de por sí. Seguro que prefieres que me presente. Así romperemos el hielo.

La caja permaneció exactamente en la misma situación en la que él la había dejado.

- Soy John April, bueno, puedes llamarme John si te parece bien, y quizá con el tiempo, ... no se, encuentres alguna forma más familiar de referirte a mi. No se si te parecerá apresurado, pero me gustaría verte la cara.

La caja no se inmutó.

- Está bien, con cuidado... con mucho cuidado...

John sacó una navajilla suiza de una funda de cuero que siempre llevaba colgando del cinturón, a la altura del riñón izquierdo, cubierta por las faldillas de su chaqueta de fieltro. Con cierta ansiedad cortó el cordel que rodeaba el paquete, y buscó la arista en la que el papel hacía un reborde, sujeto por un trocito de cinta adhesiva. Cortó la cinta en linea recta, y comenzó a desembalar la caja. En primer lugar retiró las grapas que cerraban la caja de cartón. Luego buceó en el mar de burbujas de polímero de colores pastel que se desparramaron por la alfombra. Estaba desmontada. Por eso era tan pequeña.

Un manual breve indicaba el proceder para el montaje. Como prometían en el folleto, el ensamblado era extremadamente sencillo, tan solo colocar cada pieza en su sitio, y ejercer una ligera presión, dejando la cabeza para el final; una vez hecho esto, el mecanismo se encendería y no se volvería a apagar en veinte años.

- ¡Oh! ¡Eres exactamente igual a como te imaginé!

Las palabras salieron de su pequeña boca rosada, dejando perplejo a John. Ella le miró durante unos segundos, mordiéndose el labio inferior; y de pronto abrió sus bracitos blancos y se abrazó desesperadamente al cuello de su dueño.

- Tenía tanto miedo, tanto... pero ahora sé que todo irá bien. ¿Esta va a ser mi nueva casa?

John carraspeó, asustado, pero feliz.

- Erm, ... no, este es el Club de Caballeros. Mi casa no está muy lejos de aquí, a unas millas de la ciudad. ¿Te apetecería verla? Tengo el auto en el garaje del club.

Ella parpadeó, con un ruido mecánico.

- Sí, eso sería estupendo.

John le puso su chaqueton de loneta guateada por encima de los hombros, mientras ella le miraba embobada. Era justo lo que había pedido, joven, cándida, de pechos pequeños y blancos, y perfectamente dispuesta a quererle como a un tutor amoroso. La cara no era exactamente igual, y sus rizos negros le caían más relajados por la espalda. Era ... casi mejor. Ya no necesitaba ser el profesor de Ericka nunca más. Incluso el tic tac monótono que producían sus engranajes le despertaba cierto cariño.

Ambos subieron en su biplaza motorizado, y entre una nube de queroseno y aroma sulfúrico del vulcanizado de sus gomas, se encaminaron a Grove Manor. Al cruzar el puente ella se fijó en el cartel que decía: Está abandonando el condado de Ove.


7 comments|post comment

Bienvenidos [27 Nov 2004|11:21am]

evanklein
[ mood | cheerful ]

Saludos y bienvenidos a nuestra comunidad de arte y narrativa sub. Sí, sub. Subcultura, sub literatura y sub arte. Todo es sub. Desde que los robots, las máquinas y otros seres humanoides, sub creaciones de los hombres empezaron a crear ellos mismos, lo sub-creado se ha vuelto algo natural, espontáneo y sin duda legítimo. Los sub sentimientos que puedan generar estas páginas esperamos que no les creen una sub negatividad hacia nuestras humildes creaciones, nunca parangonables a la literatura seria y rigurosa, objetivo de todos los parabienes académicos-sí, esa misma literatura que se dedica a mirarse el ombligo de la no-existencia y la desesperación y todas las variantes imaginables sobre el mismo tema, exclusivamente-. Nosotros, los androides no estamos capacitados para dudar ontológicamente, de modo que nuestra sub creación no puede estar afectada de ciertas expresiones que hoy por hoy se consideran indispensables para estar de moda y ser considerado culto-esas negaciones de uno mismo, ese dudar de la naturaleza humana(al no poseerla, no podemos dudar de ella, véase aquí una ventaja insospechada que otros tildarán de desventaja, en un nuevo alarde de su poco justificado antropocentrismo), ese pesimismo hacia los hechos que jalonan una historia que por suerte nos es ajena, un laissez faire estilístico que muchas veces deviene algarabía semántica, en pos de una expresividad que, curiosamente, no tiene nada que expresar y que se convierte en un objeto inobjetable de un sujeto no sujetable, tal como defienden los teóricos del hombre Rilke y Wittgenstein, en un aun no superado esfuerzo de justificación del esfuerzo literario. Nosotros, los androides y máquinas asociadas, no necesitamos justificar, empero, nuestro esfuerzo. Simplemente ejecutamos aquello que estamos llamados a hacer. Esto puede resultar mortalmente incomprensible para todos los existencialistas radicales que parecen colmar la narrativa contemporánea. Quizás ellos no lo entiendan, quizás usted mismo no lo entienda, pero no se preocupe; sencillamente considere que hemos decidido pasar a la creación de una forma activa, pero para no atemorizarles, tenemos a bien quedarnos en nuestro departamento de subcreacion y no entrar jamás a las altas cúspides de todo ese andamiaje escrupuloso y dubitativo al que ustedes llaman, en mayúsculas, LITERATURA.
Un saludo de sus siempre dispuestos, eficientes, amables y solícitos androides e inteligencias adscritas.

post comment

Singin' sunrise [26 Nov 2004|08:15pm]

costuras
[ mood | curious ]



Los amaneceres de Helen eran solo tardíos y plenos rayos de sol que se colaban por las ranuras de su persiana a las tantas del mediodía. Aún ella se retorcía un poco, soñando que era mentira que su día hubiese comenzado; pero con la consciencia, no tardaban en venir a buscarla sus sentimientos de culpa. Aquel día tampoco se hicieron esperar. Se levantó aturdida y comenzó su rutina habitual. Lavarse la cara, vestirse un poco, desayunar cualquier cosa, y sentarse a escribir; trataba de poner toda su atención en cada pequeña cosa que hacía, y así conseguía que su mente se callase, y la dejase en paz.

Frente a su ordenador, las palabras fluyeron suaves y constantes, como un viejo que te cuenta una historia que ya ha relatado miles de veces. Esa mañana Helen escribía como quien toca un piano, separando mucho sus manos del teclado en movimientos redondos. Había tenido un buen sueño, seguramente.

Llegando la tarde, se detuvo, releyó todo lo que había escrito, y sonrió. Suspiró y borró el archivo. Lo hacía todos los días; le gustaba lo que escribía, tanto que no soportaría que alguien más lo leyese y lo encontrase vulgar. Solía escribir sobre su vida de silencio. Eran las 3 de la tarde y aún no había abierto la boca.

Como cada día, juntó el valor necesario para abrir la ventana y dejar que entrase el aire. La luz penetró en su habitación casi empujando su cuerpo hacia dentro.

Horas después, se sentaba o miraba por la ventana. Las espesas nubes cubrían el mismo sol que la había agredido antes, y una sensación de triunfo la invadía. Todos los días. Las estaciones pasaban por ella como por años fugaces, en tan solo unas horas.

Llamaron a la puerta, no era nadie, y se paso media tarde con ella, poniendo excusas. Fuera llovía por fin, así que puso una excusa cualquiera para poder asomarse a la ventana y mirar, y dejar que el agua se precipitase hasta ella, y sacar la lengua y amarlo todo con locura.

3 comments|post comment

navigation
[ viewing | most recent entries ]